España, exportamos talento e importamos precariedad

España forma a miles de jóvenes que no consigue retener mientras recurre a la inmigración para cubrir las carencias de un mercado laboral marcado por los bajos salarios y la falta de planificación

Campus Universidad Autónoma de Barcelona Fuente: Uab.cat

España tiene una contradicción que cada día resulta más difícil de explicar. Dedicamos años y recursos públicos a formar médicos, ingenieros, investigadores, técnicos y otros profesionales. Cuando terminan sus estudios, muchos encuentran salarios bajos, contratos precarios y enormes dificultades para acceder a una vivienda. Demasiados acaban haciendo las maletas. Después, el mismo país que no sabe retener a sus jóvenes mejor preparados afirma que necesita incorporar centenares de miles de trabajadores del extranjero para sostener su economía.

Algo falla. Y no es precisamente la voluntad de trabajar de nuestros jóvenes ni la de quienes llegan buscando una vida mejor. Falla un modelo económico que forma talento, lo expulsa y, al mismo tiempo, depende de una entrada constante de mano de obra para cubrir empleos de baja productividad y salarios reducidos.

Los datos confirman que no estamos ante una simple impresión. La OCDE señala que alrededor del 37 % de los universitarios españoles comienza trabajando en un puesto para el que está sobrecualificado. Cuatro años después, uno de cada cuatro continúa en esa situación. También advierte de la desconexión entre una parte de nuestra oferta educativa y las necesidades reales de las empresas. No podemos pedir a los jóvenes que estudien, se esfuercen y se preparen para acabar ofreciéndoles precariedad o una puerta de embarque.

Durante demasiado tiempo hemos confundido tener más titulados con aprovechar mejor el talento. Una universidad no cumple plenamente su misión si entrega un diploma pero el país no crea las condiciones para que ese conocimiento se convierta en empleo, innovación y progreso. Y una economía no puede considerarse moderna si necesita camareros, cuidadores, transportistas, técnicos, soldadores o personal sanitario, pero es incapaz de planificar cuántos profesionales requerirá, cómo los formará y qué salarios les permitirán construir un proyecto de vida.

Durante demasiado tiempo hemos confundido tener más titulados con aprovechar mejor el talento

Aquí también debemos hablar con claridad de inmigración. La inmigración controlada es necesaria y puede ser una fuente de riqueza. España envejece, tiene sectores con falta de trabajadores y necesita personas dispuestas a contribuir. Pero una política migratoria seria no consiste en abrir la puerta sin saber para qué empleos, con qué formación, bajo qué condiciones y mediante qué proceso de integración. Tampoco consiste en utilizar la inmigración como una reserva permanente de mano de obra barata.

Decir esto no es atacar a quien viene. Todo lo contrario. Quien llega merece una oportunidad real, un contrato digno, derechos y deberes, aprendizaje del idioma y respeto a nuestras leyes y costumbres. Lo irresponsable es permitir que miles de personas entren en una economía sumergida que las condena a la explotación y, de paso, presiona a la baja las condiciones laborales de todos. Sin control ni integración no hay política migratoria: hay improvisación.

También resulta incoherente mantener a millones de personas en el desempleo o la inactividad mientras numerosas empresas aseguran que no encuentran trabajadores. Antes de buscar siempre fuera, debemos mejorar la orientación educativa, reforzar una formación profesional vinculada a las empresas y ofrecer a los parados una capacitación útil para los puestos que realmente existen. Las ayudas son necesarias cuando alguien las necesita, pero deben actuar como un puente hacia la autonomía y el empleo, no como una estación permanente.

El debate no debe enfrentar a los jóvenes españoles con los inmigrantes. Esa es una trampa tan injusta como inútil

Retener talento exige algo más que discursos. Exige salarios acordes con la cualificación, menos trabas para emprender, seguridad jurídica, vivienda accesible y una fiscalidad que no castigue a quien empieza. Exige conectar universidades, formación profesional y empresas. Y exige abandonar la comodidad política de presentar cada problema por separado, como si la educación, el empleo, la vivienda, la productividad y la inmigración no formaran parte de una misma realidad.

El debate no debe enfrentar a los jóvenes españoles con los inmigrantes. Esa es una trampa tan injusta como inútil. El verdadero debate es si queremos una economía que compita mediante conocimiento, productividad y buenos salarios, o una economía que sobreviva gracias a la precariedad y la improvisación.

Un país que paga la formación de sus jóvenes para que otros aprovechen su talento está haciendo un mal negocio. Y un país que importa trabajadores sin planificación, formación ni integración está creando problemas para el futuro. España necesita inmigración, sí, pero ordenada y ligada a sus necesidades reales. Y, antes que nada, necesita ofrecer un futuro a quienes ya ha formado.

El problema no es la inmigración. El problema es un modelo que exporta talento e importa precariedad. Cambiarlo debería ser una prioridad nacional.

Pere Gotanegra Julià
Pere Gotanegra Julià
Pere Gotanegra Julià (Roses, 1957) és empresari i regidor de Lliures x Roses – APL. Dirigeix Depuradora Servimar i Pescadors de Roses, i és cofundador del Grup Estimar. Es defineix com “empresari per devoció, polític per compromís i humanista per gratitud”.

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