Durante demasiado tiempo hemos hablado de defensa como si fuera una cuestión reservada a los cuarteles, a los presupuestos militares y a los grandes sistemas de armas. Esa visión ya no sirve. La defensa del siglo XXI empieza mucho antes de que se produzca una agresión convencional y alcanza mucho más allá de las Fuerzas Armadas: comienza en la energía que mantiene encendidos los hospitales, en los puertos por los que circulan mercancías, en las telecomunicaciones, en la inteligencia que detecta una amenaza antes de que llegue, en la policía que protege una frontera, en la logística que permite sostener a una población durante una crisis y, sobre todo, en la voluntad colectiva de un país de proteger aquello que considera suyo. Si existe un lugar de España donde esa idea de defensa extendida puede comprenderse sin necesidad de grandes teorías, ese lugar es Ceuta.
Ceuta no es una periferia, sino exactamente lo contrario: una avanzada estratégica de España y de Europa en el norte de África, situada en uno de los espacios geopolíticos más sensibles del continente, frente al Estrecho de Gibraltar y junto a una frontera exterior de la Unión Europea. Su condición geográfica la convierte en observatorio, puerta, muralla, puerto y enlace al mismo tiempo. Precisamente por ello los españoles deberíamos dejar de contemplarla únicamente cuando hay una crisis migratoria o reaparece una controversia diplomática. La seguridad de Ceuta exige una política permanente, no una reacción episódica.
Los acontecimientos del 30 y 31 de julio de 2026 volvieron a demostrarlo con una crudeza extraordinaria. Decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos durante aquellos dos días, desbordando temporalmente las capacidades de recepción y obligando a movilizar a numerosos organismos del Estado. No fue una invasión militar y conviene no confundir categorías, pero sí constituyó una crisis de seguridad de una magnitud inédita, en la que confluyeron movimientos masivos de población, redes de tráfico, desinformación en redes sociales, presión sobre los servicios públicos, dificultades jurídicas, tensión social y una extraordinaria necesidad de coordinación entre administraciones.
Ya había ocurrido algo parecido, aunque a una escala mucho menor, en mayo de 2021, cuando miles de personas entraron en Ceuta en apenas dos días
Ya había ocurrido algo parecido, aunque a una escala mucho menor, en mayo de 2021, cuando miles de personas entraron en Ceuta en apenas dos días. Aquella crisis debería haber sido entendida como una advertencia sobre la naturaleza de las amenazas contemporáneas. Las crisis del futuro no tienen por qué presentarse encabezadas por una columna de carros de combate; pueden explotar vulnerabilidades sociales, jurídicas, energéticas, informativas o migratorias, buscando saturar las capacidades de respuesta de un Estado sin disparar un solo tiro. La frontera entre seguridad interior, política exterior y defensa se ha vuelto mucho más difusa.
Por eso defender Ceuta no significa militarizar Ceuta, sino construir una ciudad suficientemente fuerte para que nadie pueda aprovechar sus debilidades. Las Fuerzas Armadas son una parte esencial de esa arquitectura, pero no pueden ser la única. La Comandancia General de Ceuta mantiene una presencia histórica que forma parte de la propia identidad de la ciudad. La Legión, los Regulares y las restantes unidades allí desplegadas constituyen una capacidad militar real y visible. Esa presencia cumple asimismo una función de disuasión: transmitir que el territorio nacional está protegido y que España conserva capacidad para reaccionar ante una crisis.
Pero la disuasión moderna debe ser mucho más amplia. Ceuta necesita inteligencia, vigilancia marítima y aérea, drones, sensores, ciberseguridad, guerra electrónica, capacidad de reacción rápida y una integración permanente entre Fuerzas Armadas, Guardia Civil, Policía Nacional, servicios de inteligencia, autoridades portuarias, Protección Civil y administración autonómica. La experiencia reciente demuestra además que la batalla de la información ya forma parte de cualquier crisis. Vigilar una frontera hoy significa también conocer qué mensajes están circulando, detectar campañas de manipulación, identificar los movimientos que pueden provocar y anticipar la velocidad con la que una agitación virtual puede transformarse en una emergencia física.
En el imaginario nacional seguimos mirando Ceuta principalmente desde tierra, hacia la frontera marroquí, cuando su profundidad estratégica está también en el mar
Existe además una dimensión que a menudo olvidamos: la energía también es defensa. Durante décadas Ceuta ha funcionado como un sistema eléctrico aislado, una situación que aumenta su vulnerabilidad. La interconexión eléctrica submarina con la Península constituye por ello mucho más que una obra energética: es una infraestructura estratégica. Garantizar el suministro eléctrico, disponer de redundancias, proteger las redes y asegurar agua, comunicaciones, combustible y capacidad sanitaria forman parte de la autonomía estratégica de una ciudad que, en una situación de tensión, debe poder seguir funcionando.
Lo mismo ocurre con el puerto. En el imaginario nacional seguimos mirando Ceuta principalmente desde tierra, hacia la frontera marroquí, cuando su profundidad estratégica está también en el mar. El Estrecho es una de las grandes arterias marítimas internacionales y, desde una concepción amplia de la seguridad, el puerto de Ceuta debe contemplarse también como infraestructura crítica, plataforma logística y activo estratégico. La defensa de la ciudad requiere capacidad para controlar accesos marítimos, garantizar suministros, sostener despliegues y mantener abiertas las comunicaciones con la Península. Una Ceuta fuerte necesita buenas conexiones y reservas suficientes para resistir una interrupción temporal de sus líneas normales de abastecimiento.
La defensa tampoco puede improvisarse cuando comienza la emergencia; se prepara durante años. Ceuta necesita una verdadera cultura de resiliencia territorial que contemple qué ocurre si durante varios días se produce una presión extrema sobre la frontera, falla una infraestructura crítica, se interrumpe una conexión, un ciberataque afecta a servicios esenciales o coinciden varias crisis. Eso significa pensar en reservas logísticas, protocolos sanitarios, comunicaciones alternativas, centros de mando redundantes, ejercicios periódicos y mecanismos para movilizar rápidamente recursos civiles y militares. No se trata de vivir esperando una catástrofe, sino precisamente de impedir que una crisis pueda convertirse en catástrofe.
No se trata de vivir esperando una catástrofe, sino precisamente de impedir que una crisis pueda convertirse en catástrofe
En este punto conviene hablar también de Europa y de la OTAN sin consignas y con precisión. Ceuta forma parte de España y, por tanto, de la Unión Europea. La Unión contempla obligaciones de ayuda y asistencia entre Estados miembros en caso de agresión armada. En la OTAN existe una cuestión geográfica más compleja: el Tratado del Atlántico Norte delimita territorialmente la aplicación de su cláusula de defensa colectiva y no menciona expresamente los territorios españoles situados en el norte de África. Esa circunstancia no debe utilizarse para sembrar alarma, pero tampoco conviene explicarla de manera simplista. España necesita alianzas sólidas, claridad política con sus socios y, al mismo tiempo, capacidades nacionales suficientes para afrontar escenarios de crisis sin depender exclusivamente de interpretaciones jurídicas que pudieran surgir cuando la emergencia ya se hubiera producido.
Nada de todo ello significa convertir a Marruecos en enemigo. España necesita una relación estable, profunda y pragmática con Marruecos. Compartimos intereses económicos, lucha contra el terrorismo, actuación contra redes criminales, cooperación migratoria y estabilidad regional. Precisamente porque esa relación es importante debe asentarse sobre dos principios igualmente claros: cooperación y respeto. Las relaciones entre Estados resultan más estables cuando cada parte conoce las líneas fundamentales y los intereses esenciales de la otra.
Ceuta puede ser, además, un laboratorio de la nueva política de defensa española. Allí pueden confluir tecnologías desarrolladas por nuestra industria, sistemas no tripulados, sensores, inteligencia artificial, comunicaciones seguras, vehículos, ingeniería, generación energética, almacenamiento, desalación, sanidad de emergencia y logística. La inversión relacionada con la seguridad y la defensa no tiene por qué traducirse únicamente en grandes plataformas militares: puede convertirse también en empleo, innovación, tecnología dual y tejido empresarial. Las PYMEs españolas tienen mucho que aportar a ese nuevo concepto de seguridad en ámbitos que sirven indistintamente a las Fuerzas Armadas y a la sociedad civil.
Existe también un sur y en ese sur se encuentra Ceuta, no como residuo histórico ni como anomalía geográfica, sino como parte de nuestra realidad nacional y europea
Porque el verdadero objetivo no consiste en llenar Ceuta de soldados, sino en conseguir que Ceuta sea difícil de desestabilizar. Esa es la esencia de la resiliencia nacional: que un país pueda recibir un golpe sin perder su capacidad de funcionar, decidir y responder. Una ciudad con energía segura, puerto operativo, infraestructuras protegidas, hospitales preparados, fuerzas de seguridad coordinadas, guarnición militar eficaz, inteligencia suficiente y una población que confía en sus instituciones es mucho más resistente que otra obligada a depender permanentemente de soluciones improvisadas.
Durante años España ha mirado su seguridad principalmente hacia el este de Europa, hacia las misiones internacionales o hacia las grandes discusiones presupuestarias de la OTAN. Todo ello es importante, pero existe también un sur y en ese sur se encuentra Ceuta, no como residuo histórico ni como anomalía geográfica, sino como parte de nuestra realidad nacional y europea.
Defender Ceuta es defender a los ceutíes, pero también algo más profundo: la capacidad de España para proteger su territorio, sus fronteras y la seguridad de sus ciudadanos mientras mantiene con sus vecinos unas relaciones basadas en la cooperación y no en la vulnerabilidad. La defensa del siglo XXI obliga a comprender que un país se protege con fragatas, aviones y soldados, sí, pero también con electricidad, puertos, médicos, ingenieros, policías, redes seguras, empresas, reservas, inteligencia y cohesión social.
Ceuta reúne todas esas dimensiones en apenas unos kilómetros cuadrados. Por eso no es el final de España. Es uno de los lugares donde España empieza.



