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El populismo autoritario global (V): Narcisismo y disonancia cognitiva

Desde el punto de vista independentista, Cataluña es un gran país. Punto. Si no cuadra, la culpa es de España. Siendo especiales, la buena gente por antonomasa, otras naciones se apresurarán a reconocer su valor moral coronando una Cataluña soberana en lugar de la éticamente quebrada e inferior España. Las naciones narcisistas en declive son propensas a darse el gusto de hinchar su alto sentido moral en alarde, y a menudo lo consiguen dañándose a sí mismas para saborear tanto la victimización como la fantasía de que sus enemigos han sido dañados más.

Un ejemplo llamativo de esta grandiosidad narcisista es la amenaza catalana, plurisecular e incesante, de optar por la independencia a menos que se consiga un mejor trato por España, un crudo chantaje nunca reconocido como tal sino disfrazado como una demanda de concesiones. Las implicaciones son claras: su propia membresía es un favor otorgado por los catalanes a España, y la independencia no es un objetivo real sino un mero instrumento de extorsión, a menudo para corregir un desequilibrio español fuertemente inclinado contra los intereses catalanes, que es la suerte de todo pueblo vencido como los romanos aprendieron por las malas de Breno.

Este sentido pomposo de sí mismos ha sido siempre construido por el campo unionista argumentando que Cataluña debe permanecer para gobernar España, no abandonar sino liderar, puesto que su conocimiento superior, supremacía moral, y europeísmo místico desde tiempos carolingios, hacen de Cataluña el líder natural de una semi-africana, atrasada “Españistán» — palabras cuya ligereza al pronunciarse es lo más revelador. Ningún unionista catalán se pregunta nunca si 47 millones de ciudadanos españoles quieren realmente ser liderados por 7,5 millones de catalanes, con un PIB inferior a una quinta parte del de todo el Reino de España; ningún medio unionista catalán, por no hablar de algún político, se atreve a aventurarse en España para averiguarlo. Se requeriría un interés genuino en los demás, y una empatía, de los que los narcisistas, independentistas y sindicalistas por igual, carecen por completo.

Ningún unionista catalán se pregunta nunca si 47 millones de ciudadanos españoles quieren realmente ser liderados por 7,5 millones de catalanes


En lugar de reconocer y abordar realmente la creciente irrelevancia de Cataluña, un hecho conocido por todos, pero tratado como tabú y nunca discutido, la gente consume una dieta hipercalórica de un llamamiento a la grandiosidad tras otro, suministrada por unos medios voluntariamente ciegos y subordinados a unos políticos, tanto los unionistas como los independentistas, que continuamente miman a los catalanes con el tipo de verdades a medias que hacen que España parezca horrible y, por implicación, Cataluña superior.

Ni siquiera una mentalidad profundamente arraigada puede aislarse completamente de la realidad, y por ello la disonancia cognitiva viene a rescatar su cordura tambaleante con el fin de proporcionar cierta consistencia entre su grandiosa auto-imagen y su triste realidad — antañones  trucos para disminuir la tensión psicológica y la angustia experimentada por las personas que al mismo tiempo sostienen dos creencias contradictorias, enfrentadas a su vez a menudo por nueva información que entra en conflicto con una, la otra, o ambas.

El placebo comunitario correctivo es reducir esta disonancia evitando activamente situaciones que puedan exacerbarla, ignorar o rechazar cualquier información conflictiva, buscar el apoyo de compañeros afines, coaccionar a otros en la persuasión, para poner su confianza ciegamente en líderes protectores, mandarines gnómicos, y brahmanes sabios, y para desacreditar y silenciar a todo disidente como un enemigo del pueblo, un traidor enloquecido por el resentimiento que necesita tratamiento clínico. De ahí la mentalidad autoritaria que necesitan para evitar la desaparición de la nación menguante, y el rechazo absoluto y constante de cualquier pensamiento crítico. Cuando sus creencias se enfrentan a pruebas incontrovertibles, se encapsulan dentro de la inanidad infantil, pisotean la lógica bajo sus pies, se revuelven, y desgarran al mensajero.

Claramente, el disentimiento de alguna manera los amenaza; desafiar la narrativa oficial los amenaza

«Se envían advertencias directas e indirectas», recuerda Gul Bhukari, «pero el mensaje siempre es el mismo: Cállate. Claramente, el disentimiento de alguna manera los amenaza; desafiar la narrativa oficial los amenaza. Secuestrarme, intimidarme, perseguirme, pero no me callaré.» La represión, la exclusión y la mediocridad devienen el único campo de juego para asegurar la supervivencia, retirándose aún más desde una burbuja epistémica, que les protege de la exposición a información y argumentos no deseados, hasta una cámara de eco, donde las voces exteriores se oyen, pero no se escuchan. Esa es la etapa final del sectarismo, porque, como afirma C. Thi Nguyen: «la mera exposición a la evidencia puede cerrar una burbuja epistémica, pero en realidad puede reforzar una cámara de eco. Escapar de una cámara de eco puede requerir un reinicio radical del sistema personal de creencias.»

Cuanto más una realidad obstinada derriba sus creencias ridículas, más se protegen de tal realidad retirándose a su burbuja sectaria, totalmente impermeable a los hechos y la razón. Las personas cuya epistemología se basa en rechazar tanto la verdad como los hechos objetivos, se aferran únicamente a la narrativa de sus líderes, que se convierte en realidad por pura repetición para abrumar, colapsar, y quemar los cerebros de aquellos cuyas creencias preexistentes secretamente desean que todas esas mentiras sean en realidad verdad. Por lo tanto, son verdad. Una verdad ilusoria. Esta prevalencia de absurdos no duraría, incluso con toda la incesante propaganda que los sostiene, si una porción significativa del país no estuviera dispuesta a creer y participar, sin su disposición a suspender el pensamiento racional a cambio de una cálida pertenencia a un universo paralelo de bienaventuranza nacional.

Leon Festinger señaló que cada etapa de fracaso sólo refuerza las creencias preexistentes del grupo, porque del fracaso nunca se culpará a la propia causa sagrada

Leon Festinger señaló que cada etapa de fracaso sólo refuerza las creencias preexistentes del grupo, porque del fracaso nunca se culpará a la propia causa sagrada, que engendra al grupo como tal. Por lo tanto, sus miembros compiten en celo para identificar a los culpables: ellos mismos, insuficientemente firmes o no sufriendo lo bastante como para merecer la salvación; o los otros, esos incrédulos saboteadores que sólo merecen arrostrar la ira de la buena gente para limpiar la comunidad convirtiéndose en chivos expiatorios que restauran temporalmente el orden, que se logra a partir de sacrificios humanos ritualmente escenificados – a veces, con rituales no tan simbólicos. Cuanto más se comparta colectivamente una creencia con profunda convicción, y haya desencadenado acciones irreversibles, más probable es que las personas se conviertan en creyentes aún más fervientes cuando se enfrenten a pruebas contrarias incontrovertibles.

Primera entrega: El populismo autoritario global (I)

Segunda entrega: El populismo autoritario global (II): Todo por los nuestros

Tercera entrega: El populismo autoritario global (III): Mafia política

Cuarta entrega: El populismo autoritario global (IV): Comunitarismo anti-meritocrático

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