Los últimos datos del registro de fianzas del Incasòl (tercer trimestre de 2025) sitúan el alquiler medio en Catalunya en 876,83 euros, un 2,5% más que el trimestre anterior. En Barcelona, la media sube hasta 1.153,11 euros (+1,5%). Y en el conjunto de zonas tensionadas, el promedio alcanza 894,78 euros (+2,7%).
Hay quien intenta rescatar el relato con una comparación concreta: Barcelona estaría un 3,3% por debajo del nivel del primer trimestre de 2024, justo antes de la entrada en vigor del tope. Pero ese matiz no cambia el marco general: Catalunya sigue encadenando malas métricas y, lo más importante, el mercado responde buscando salidas.
En X el “éxito” no cuela
Las críticas ya no discuten décimas, discuten el daño colateral. En cuanto se difundió el nuevo récord, X se llenó de lecturas que van a lo esencial: cuando una política promete abaratar y el titular vuelve a ser “máximo histórico”, lo que falla no es la paciencia del ciudadano, es la receta.
Lo que se está señalando ahí —con más o menos ironía— es que el control no elimina el problema: lo desplaza. Y cuando se desplaza, las estadísticas pueden parecer “contenidas” mientras el acceso real al alquiler se vuelve más duro para el que llega nuevo.
Menos contratos, menos alquiler “normal”
Cuando el mercado se encoge, el que busca piso lo nota antes que el político.
Entre julio y septiembre de 2025 se firmaron 26.962 contratos en Catalunya. En el primer trimestre de 2024 (antes del despliegue del tope), fueron 34.495. En Barcelona, la caída también se ve clara: 7.855 contratos frente a 9.827.
Esto no suele significar “tranquilidad”. Suele significar menos oferta disponible: pisos que se retiran, que se venden, que se reconvierten o que pasan a modalidades menos reguladas. Y con menos oferta, el poder de negociación del inquilino se evapora aunque un índice prometa lo contrario.
La vía de escape que explica el truco
Si aprietas el alquiler estable, el mercado no desaparece; se reconfigura.
El alquiler de temporada se ha disparado precisamente en el perímetro afectado por la regulación: llegó a representar hasta el 14% de los contratos en las ciudades catalanas afectadas por la Ley de Vivienda, según los datos analizados por elDiario.es.
Ahí está una de las claves del espejismo: parte del “alquiler que duele” se mueve fuera del carril que el índice mira con más detalle. Y lo que queda dentro se usa para sostener el argumentario.
En X, esa idea aparece una y otra vez: el tope no abarata el acceso, lo complica. Protege al que ya está dentro, pero al nuevo le sube el listón, le reduce opciones y le empuja a contratos más frágiles.
Un control condicionado por inflación y sin dientes durante meses
La norma llega tarde y, durante un tramo, llega blanda.
El País ha subrayado dos elementos que ayudan a entender por qué el “control” no controla tanto como se vende. Por un lado, la evolución queda condicionada por la inflación, porque los nuevos contratos pueden incorporar ajustes ligados al IPC. Por otro, durante 2025 la regulación catalana careció de un régimen sancionador para propietarios que no la respetaran, lo que debilitó su efectividad práctica.
En un mercado tensionado, un marco que mezcla incentivos a escapar con poca capacidad de sanción no corrige desequilibrios: los amplifica.
El mapa del alquiler caro ya no cabe en Barcelona
La tensión se extiende y empieza a devorar municipios que antes eran “alternativa”.
Los datos municipales también dejan escenas difíciles de encajar con el relato del éxito: Vilablareix aparece con una media de 1.627,78 euros mensuales. Cuando el récord ya no es solo la capital, el problema deja de ser un debate ideológico y pasa a ser un bloqueo territorial del acceso a la vivienda.
Lo que la evidencia internacional advierte y aquí se repite
Los controles no crean pisos; cambian incentivos y la oferta reacciona.
El estudio de Diamond, McQuade y Qian sobre la expansión del control del alquiler en San Francisco estimó que los propietarios afectados redujeron la oferta de vivienda en alquiler en un 15%, y que esa contracción contribuyó a un aumento del 5,1% de las rentas a nivel ciudad. Es exactamente el tipo de dinámica que convierte una medida “protectora” en una máquina de expulsión para los que llegan después.
El drama del alquiler en Catalunya no es que falten eslóganes: es que faltan pisos en alquiler estable. Y una política que reduce la oferta, incentiva el rodeo contractual y presume de “contención” mientras el titular vuelve a ser récord no está solucionando nada. Está repartiendo privilegios por antigüedad: blindando a unos, estrechando el mercado y empujando a otros hacia la salida. Porque en vivienda, cuando la puerta se cierra, la gente no deja de necesitar techo… solo se queda sin opciones.




