El referéndum celebrado ayer, 29 de agosto de 2026, ha supuesto una derrota bastante significativa para los europeístas islandeses, aunque por un margen relativamente estrecho.
Resultado
Con el escrutinio prácticamente concluido:
NO a reabrir las negociaciones con la UE: 52,5 %
SÍ: 47,5 %
Hay que subrayar algo importante: los islandeses no estaban votando si entrar o no en la Unión Europea. La pregunta era si debía reanudarse el proceso de negociación de adhesión, interrumpido en 2013. Si hubiera ganado el sí, se habría negociado con Bruselas y el eventual acuerdo de adhesión habría tenido que someterse posteriormente a un segundo referéndum.
Además, aparece una división territorial muy clara: Reikiavik votó mayoritariamente sí —en torno al 56 %— mientras que las zonas rurales votaron claramente no, en algunos distritos con proporciones próximas a 60/40.
¿Quién apoyaba cada opción?
El sí estaba básicamente sostenido por socialdemócratas y liberales de Viðreisn, mientras que el no reunía prácticamente a todo el centro-derecha y derecha, además de sectores de izquierda euroescéptica y del mundo rural.
La dirigente más visible del no fue Guðrún Hafsteinsdóttir, líder del Partido de la Independencia. Su argumento central fue que ni los problemas económicos de Islandia ni su seguridad iban a solucionarse entrando en la UE: para la seguridad ya están la OTAN y el acuerdo bilateral con Estados Unidos.
¿Por qué perdió el sí?
Creo que hay cinco explicaciones principales, y la primera es claramente la más importante.
1. La pesca y la soberanía nacional. Es probablemente el factor decisivo. Los productos pesqueros representan aproximadamente el 40 % de las exportaciones islandesas. Para un país de apenas 400.000 habitantes, el control de sus aguas, cuotas y recursos marinos no es simplemente una cuestión económica: forma parte de la concepción islandesa de soberanía.
El temor es quedar sometidos a la Política Pesquera Común de la UE, donde las decisiones sobre cuotas y acceso a recursos dejarían de ser exclusivamente islandesas. La patronal pesquera Fisheries Iceland/SFS fue muy crítica con la adhesión.
Esto explica también perfectamente la geografía electoral: Reikiavik, urbana y orientada hacia servicios, vota sí; la Islandia periférica y pesquera vota no.
2. Islandia ya tiene buena parte de las ventajas de pertenecer a la UE. Este argumento del no era particularmente poderoso. Islandia pertenece al Espacio Económico Europeo, participa en Schengen y tiene acceso al mercado único.
Es decir, los partidarios del no podían plantear una pregunta muy sencilla:
¿Qué ganamos entrando plenamente si ya tenemos acceso al mercado europeo?
Los europeístas respondían que Islandia aplica buena parte de las normas europeas sin participar en su elaboración ni tener voto en las instituciones de la UE. Pero aparentemente ese argumento institucional no compensó el temor a perder autonomía.
3. El argumento económico del sí no terminó de convencer. Islandia tiene un problema importante de coste de vida, inflación y tipos de interés. El tipo oficial está alrededor del 8 %, frente al 2,25 % del BCE. Los europeístas defendieron que la integración y, eventualmente, el euro podían reducir la volatilidad de la corona y abaratar hipotecas y financiación.
Pero el no consiguió darle la vuelta al argumento: los problemas de inflación, vivienda y productividad deben resolverlos los políticos islandeses, no Bruselas.
La frase de Hafsteinsdóttir resumía eficazmente esa posición: la UE no es una solución mágica para los problemas estructurales islandeses.
4. El argumento geopolítico funcionó peor de lo esperado. Este es quizá el resultado políticamente más interesante.
El Gobierno había adelantado la consulta en un contexto de creciente tensión en el Ártico, guerra de Ucrania y las amenazas de Trump respecto de Groenlandia. Los europeístas intentaron presentar la UE como un segundo anclaje estratégico para Islandia.
Pero la campaña terminó girando mucho más alrededor de pesca, coste de vida, agricultura y soberanía que sobre Rusia, Trump o Groenlandia.
El no respondió además con un argumento bastante efectivo: la defensa de Islandia depende de la OTAN y de Estados Unidos, no de la UE.
5. El sí tenía un problema de movilización: pedía votar por una negociación cuyo resultado se desconocía. Paradójicamente, el argumento europeísta —«negociemos primero y decidamos después»— no fue suficiente.
El sí decía: no estamos pidiendo entrar en la UE; sólo queremos saber qué condiciones podemos conseguir y después votaremos.
Pero el no consiguió convertirlo en: ¿para qué iniciar un proceso que inevitablemente presionará a Islandia para ceder soberanía sobre pesca, agricultura y regulación?
La paradoja del resultado
Hay una conclusión bastante interesante. No parece que Islandia haya rechazado Europa; ha rechazado la necesidad de convertirse en miembro de la UE.
Islandia ya está extraordinariamente integrada en Europa mediante el EEE, Schengen, el mercado único y numerosos programas comunitarios. Al mismo tiempo mantiene fuera de Bruselas algunas de sus competencias más sensibles.
Por eso el argumento del no podía resumirse de forma muy atractiva electoralmente:
«Tenemos casi todas las ventajas de Europa sin entregar el control de nuestros recursos pesqueros.»
Y el 52,5 % ha considerado que ese equilibrio sigue siendo preferible.
Hay además una lectura política relevante: el resultado es una derrota para la primera ministra Frostadóttir, pero sobre todo para Viðreisn y la ministra de Exteriores Gunnarsdóttir, que habían convertido la reapertura de las negociaciones europeas en una de sus principales banderas. Al mismo tiempo, refuerza considerablemente al Partido de la Independencia, que ha vuelto a situarse como portavoz de una vieja tradición islandesa: occidental, atlantista, miembro de la OTAN y muy próxima a Europa, pero celosa de su soberanía económica.



