La «extrema derecha» no crece únicamente por lo que dice. Ni por las redes. Crece también por lo que los demás se niegan a decir.
Y en pocos asuntos resulta esto tan evidente como en la inmigración.
Durante demasiado tiempo, una parte de la izquierda europea ha cometido un error político de enormes proporciones: confundir la defensa de la inmigración con la negación de sus problemas. Ha convertido una cuestión que debería abordarse desde la economía, la demografía, la seguridad, los servicios públicos y la integración en un debate fundamentalmente moral.
El mecanismo ha sido sencillo. Quien cuestionaba el volumen de las llegadas, la inmigración irregular o las dificultades de integración corría el riesgo de ser etiquetado como xenófobo o racista.
La crítica ad hominem tiene una enorme ventaja: evita discutir el argumento.
Pero tiene también un inconveniente: no construye viviendas, no amplía escuelas, no incorpora médicos a los centros de salud, no evita la concentración de población vulnerable en determinados barrios y tampoco resuelve los problemas de convivencia o seguridad que puedan producirse.
Y llega un momento en que la realidad termina imponiéndose al relato.
El problema no es el origen. Es el número
Existe una idea sorprendentemente difícil de introducir en el debate migratorio: la cantidad importa.
Una sociedad puede integrar perfectamente un determinado volumen de inmigración y encontrar enormes dificultades para integrar otro muy superior en un periodo reducido. Exactamente igual que un municipio puede absorber sin grandes tensiones un crecimiento del 2% de su población y tener problemas importantes si debe hacerlo mucho más rápidamente.
No es una cuestión racial. Es una cuestión de capacidad. Y si, además, algunas de esas personas tienen concepciones radicalmente diferentes sobre cuestiones esenciales de convivencia, el conflicto está servido.
¿Racismo?
No. Aritmética.
Una sociedad es infinitamente más compleja que un piso, naturalmente, pero el principio permanece: ninguna capacidad de acogida es ilimitada.
Cuando la inmigración deja de ser una abstracción
Para las élites políticas la inmigración puede ser un debate ideológico. Para determinados ciudadanos es una experiencia cotidiana.
Es competir por un alquiler en un mercado donde falta vivienda. Es esperar en un centro sanitario saturado. Es intentar encontrar plaza en determinados servicios públicos. Es comprobar cómo cambia aceleradamente la composición de una escuela o de un barrio.
Y también puede significar afrontar problemas de convivencia derivados de concepciones culturales muy diferentes sobre la mujer, la religión, la homosexualidad, la autoridad, la educación de los hijos o la separación entre religión y Estado.
Todo esto puede discutirse. Lo que no parece razonable es sostener que ni siquiera puede mencionarse.
Lo mismo sucede con la delincuencia.
La inmigración no convierte a nadie en delincuente y sería absurdo establecer una culpabilidad colectiva por nacionalidad o procedencia. Pero tampoco tiene sentido ocultar los problemas específicos que puedan reflejar las estadísticas. Si existen sobrerrepresentaciones en determinadas categorías delictivas, deberán estudiarse sus causas —edad, sexo, pobreza, exclusión social, situación administrativa o cualquier otra variable relevante— y actuar en consecuencia.
Los datos no son racistas. Las interpretaciones pueden serlo.
El extraordinario regalo a la derecha radical
Aquí aparece la gran paradoja. Durante años se ha sostenido que hablar de estos problemas era “hacerle el juego a la extrema derecha”.
Puede que haya sucedido exactamente lo contrario. Negarse a hablar de ellos ha permitido a la derecha radical apropiarse del asunto.
Si un ciudadano cree que existe un problema y los partidos tradicionales le dicen que no existe, terminará escuchando a quien le diga que sí existe.
Y si además le explican que plantearlo demuestra que es racista, probablemente el efecto sea todavía peor.
La secuencia política es devastadora: primero se niega el problema; después se desacredita a quien lo denuncia; finalmente, cuando el problema resulta imposible de ocultar, los partidos que llevan años hablando de él pueden presentarse ante los electores diciendo: “Nosotros os lo advertimos”.
No hace falta compartir sus soluciones para comprender la eficacia del argumento.
La peligrosa estrategia de la polarización
Existe además una explicación menos ingenua. Una parte de la izquierda parece confiar en la polarización. El crecimiento de una derecha radical puede resultarle funcional mientras permita presentar cada elección como una elección entre progreso y reacción, democracia y extremismo, solidaridad y xenofobia.
La estrategia ha funcionado en algunas ocasiones. Pero confiar indefinidamente en ella supone jugar con fuego.
Porque existe una diferencia fundamental entre movilizar al electorado contra un adversario extremo y contribuir a que ese adversario sea cada vez más grande.
Cuando las preocupaciones sobre inmigración dejan de ser patrimonio de una minoría ideologizada y empiezan a aparecer entre trabajadores, clases medias y antiguos votantes de izquierda, el mecanismo deja de funcionar.
Entonces ya no estamos ante un problema de comunicación. Estamos ante un desplazamiento electoral.
La palabra prohibida: límites
La izquierda podría recuperar una posición razonable si aceptara una palabra que parece haber desaparecido de su vocabulario migratorio: límites.
Una política migratoria seria debería responder a preguntas bastante elementales.
¿Cuántas personas puede integrar razonablemente un país cada año? ¿Dónde van a vivir? ¿Qué necesidades de vivienda generan? ¿Qué presión adicional soportarán escuelas, sanidad y servicios sociales? ¿Cómo evitar la creación de guetos? ¿Qué exigencias deben imponerse para obtener y conservar determinados permisos? ¿Qué hacemos con quien entra irregularmente y no tiene derecho a permanecer? ¿Y qué obligaciones de integración corresponden a quien decide establecerse permanentemente en nuestra sociedad?
Hacerse estas preguntas no es xenofobia.
Es gobernar.
Una política migratoria razonable puede combinar perfectamente humanidad y firmeza: protección para quien realmente la necesita, inmigración legal vinculada también a las necesidades económicas, integración efectiva, control de las fronteras y retorno de quien no tiene derecho a permanecer.
Y, sobre todo, una idea fundamental: quien llega merece ser tratado con dignidad, pero la sociedad que lo recibe tiene derecho a establecer las reglas.
La realidad siempre acaba votando
La izquierda europea puede continuar aferrándose al relato.
Puede seguir atribuyendo el crecimiento de la derecha radical a campañas en redes sociales, desinformación, populismo, miedo o racismo. Todos esos factores pueden existir y algunos tienen indudablemente importancia.
Pero falta una pregunta bastante más incómoda:
¿Y si una parte de esos votantes simplemente está reaccionando ante problemas que considera reales y que durante años nadie ha querido escuchar?
Si esa hipótesis contiene siquiera una parte de verdad, combatir a la derecha radical exclusivamente mediante cordones sanitarios y descalificaciones morales será insuficiente.
Porque las elecciones no las gana quien consigue imponer las palabras con las que está permitido describir la realidad. Las gana quien consigue convencer a los ciudadanos de que puede gobernarla.
Porque cuando los partidos moderados se niegan a poner límites razonables, terminan llegando otros prometiendo límites mucho más radicales.
Y entonces quizá resulte inútil preguntarse quién hizo crecer a la extrema derecha.
La respuesta estará, al menos en parte, en quienes durante demasiado tiempo prefirieron negar el problema antes que discutir cómo resolverlo.



