A finales de agosto, La Vanguardia decidió no publicar un artículo de Juan José López Burniol y puso fin a su larga colaboración con el periódico. El notario y exvicepresidente de la Fundación La Caixa advertía en aquel texto, titulado La revancha, de una confluencia entre el socialismo y los nacionalismos para acabar con la Monarquía y sustituir el marco constitucional de 1978. Algunos consideraron desmesurado su diagnóstico. Otros prefirieron discutir si semejante advertencia merecía siquiera publicarse.
La Vanguardia tenía derecho a decidir qué publicaba. Pero esa libertad editorial no resolvía la cuestión de fondo: hasta qué punto López Burniol estaba exagerando un riesgo o identificando una corriente política que otros preferían minimizar.
Desde entonces, algunos gestos invitan a recuperar el debate. Las declaraciones de Óscar Puente y el intercambio de Pedro Sánchez con David Broncano ofrecen motivos para preguntarse por el lugar que ocupa el republicanismo en la estrategia de comunicación socialista.
Puente reivindicó su «alma republicana» mientras criticaba con dureza una fotografía de Felipe VI con Javier Negre.
El jueves 22 de octubre, el asunto reapareció en La Revuelta. Sánchez regaló un ajedrez a Broncano y Ricardo Castella introdujo la broma sobre un juego que consiste en «cargarse al rey». El presidente la siguió. Después, al aludir a las advertencias de Aznar sobre el futuro de la Monarquía, Broncano expresó su deseo republicano con un «No tendremos esa suerte». Esa frase fue del presentador, pero Sánchez participó en el intercambio distendido.
Sería excesivo convertir una broma televisiva en la prueba de una operación para implantar la Tercera República. También sería ingenuo suponer que las bromas de un presidente del Gobierno carecen siempre de significado político. Especialmente cuando conectan con una aspiración de parte de su electorado.
El humor ofrece una ventaja evidente: permite enviar un mensaje sin asumir todos los compromisos de una declaración formal. El simpatizante republicano puede interpretar complicidad; el ciudadano preocupado por la estabilidad institucional puede escuchar que todo era una broma. La ambigüedad permite satisfacer a públicos distintos sin aclarar del todo la posición propia.
Defender una república es perfectamente legítimo. Lo que merece discutirse es la conveniencia de que el presidente juegue con esa expectativa mientras encabeza el Gobierno de una monarquía parlamentaria. Si pretende abrir un debate sobre la forma de Estado, debería hacerlo de manera explícita. Si su compromiso es mantener el marco vigente, también puede expresarlo sin equívocos.
Tal vez López Burniol llevara demasiado lejos sus conclusiones. Sus afirmaciones deben someterse a crítica, como las de cualquier articulista. Pero entre considerar excesivo su diagnóstico y descartar toda preocupación existe un amplio espacio para el análisis.
Las palabras de Puente y las bromas de Sánchez no acreditan el plan que denunciaba el notario. Sí permiten una interpretación política más limitada: el republicanismo continúa siendo un recurso disponible para conectar emocionalmente con una parte de la izquierda, incluso desde el poder.
López Burniol asumió el coste de formular su advertencia con toda crudeza. Sánchez disfruta de la comodidad de la insinuación. Pero una cuestión que afecta a la jefatura del Estado merece algo más que guiños: merece claridad.



